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Asociación por la Recuperación e Investigación Contra el Olvido

Paseos al alba

Posted by MEMORIA ARAGONESA en 17/01/2011

Paseos al alba

La memoria de la fosa de San Miguel de la Barreda

17/01/2011 00:00 / N. G. Pandavenes / A. Suárez Oviedo/noreña

La madrugada del 4 al 5 de noviembre de 1937, un grupo de 18 vecinos de Noreña, Siero y Oviedo fueron sacados del palacio de El Rebollín. Se trataba de una casona que hacía las veces de cuartel para las tropas golpistas de la cuarta brigada de Navarra comandada por Camilo Alonso Vega, que se había instalado en ese lugar, tras la caída del frente norte el 21 de octubre, porque tenía parientes en la villa condal.

Los 18 asturianos fueron atados a una cuerda de presos por un grupo de falangistas que operaba con las tropas militares y trasladados a San Miguel de la Barreda. No eran los primeros, ni serían los últimos.

Las dos últimas semanas de octubre y los primeros días de noviembre habían sido fatales para la población del centro de la región. Cientos de detenciones desembocaron en otros cientos de desapariciones.

No eran presos políticos El alba se había convertido en un presagio de muerte y sólo era el principio. La represión duró años en los que llegaron a abrirse y llenarse de cadáveres más de 340 fosas comunes en toda la región. Se cifran en más de 26.000 los asesinados en Asturias. Pero en San Miguel, aquella madrugada, un grupo de personas, la mayoría chavales de poco más de 20 años, iba a recibir el amanecer por última vez.

Fueron fusilados y arrojados a dos pozos con lo que llevaban encima y algún recuerdo de sus pecados, como las fotos que una novia viuda recogió de entre los restos acribillados de su amado y que recordaban su vida en común. Las arrojó a la tumba el mismo falangista que lo fusiló porque no quería competencia en sus devaneos amorosos con la joven. Años después, los que oyeron la historia de boca de la mujer aún recuerdan, sobre todo, que sus ojos de novia eterna seguían buscando una explicación para aquella madrugada.

No eran presos políticos. Los militares no los fusilaron, aunque dejaron que los falangistas los sacaran del Rebollín. Los motivos fueron muchos, en cada casa recuerdan los suyos. Unos pecaron de poseer fincas apetecibles, otros de disputas heredadas de esas que nadie sabe ni cómo empezaron, otros de gustarle a la chica que pretendía otro. Todos yacen juntos, codo con codo.

Escapadas de madrugada Al año siguiente de los asesinatos unas flores aparecieron sobre la fosa. Los falangistas, que durante un tiempo continuaron en el lugar, no podían permitir tal osadía y se creó una guardia específica para evitarlo. Pero al siguiente año volvió a pasar lo mismo. Si no era el día de los Difuntos, era el aniversario del fusilamiento y, si no, el día antes, pero noviembre empezaba cada año con flores en la tumba.

Durante décadas, los familiares de las víctimas se jugaron la vida para, con nocturnidad y alevosía, limpiar la zona y colocar unas flores. Muchos recibieron algún disparo que otro, como el abuelo de Jesús Sánchez, que tenía un hijo allí enterrado.

Todo ilegal excepto el silencio La dictadura fue pasando y poco a poco se dejó de montar guardia. No hacía falta, porque había muchos ojos seguidos de dedos acusadores que rápidamente advertían de quien rendía honores a los muertos. La noche continuó siendo la mejor aliada de las familias, que nunca dejaron de limpiar y adornar el lugar.

Trasfondo humano Tras todas las rencillas políticas se escondían personas. Personas a las que la palabra de otros vecinos les truncó la vida, a ellos y sus familias a las que, además, se les impedía velar y dar un sepulcro digno a sus seres queridos.

Con la llegada de la democracia y las libertades, el terreno fue propiedad privada. Las familias, como la de Antonio Suárez, cuyo abuelo está allí enterrado, intentaban mantenerlo limpio pero era casi más difícil que en la dictadura, porque las rodadas de los tractores y las pisadas y excrementos de las vacas pronto lo cubrían de nuevo.

No cayeron en el olvido Los familiares directos iban muriendo, pero los miembros de la Asociación de familiares de los fallecidos enterrados en San Miguel de la Barreda se encargaron de que ningún fusilado estuviera “solo”. Es el caso de José Ramón Estévez, que se enteró hace ocho años de que su bisabuelo estaba enterrado en la fosa.

Cuenta una historia un poco diferente a la de quien le informó, Jesús Sánchez, que era sobrino de Jesús Blanco, asesinado a los 19 años por militar en las Juventudes Socialistas, pero denunciado por una rencilla de lindes de fincas.

La historia del bisabuelo de José Ramón, Genaro Estévez es dramática como todas las que peligran caer en el olvido en las fosas españolas. Este hombre, que tenía 53 años cuando fue fusilado era un viajante que tenía a su familia en Noreña. Casado con Nieves, apodada La viajanta , intentaba sacar adelante a sus hijos hasta que el 4 de noviembre de 1937 llamaron a su puerta. Alguien se las apañó para acusarle de rojo , aunque “bastante tenía él como para andar metido en política”.

José Ramón explica que le denunciaron para no abonarle una deuda. Según parece, a pesar de sus penurias aún había sacado un poco de dinero para prestárselo a un conocido que fue quien se quitó un peso de encima acusándole injustamente.

“Y ya está. Se lo llevaron sin más”, espeta. Así de fácil . Y de rápido. De cuatro a cinco de la mañana, las batidas por Noreña iban truncando vidas, futuros planes, y marcando la historia más negra del Principado, y de España.

La democracia apaciguó los miedos de muchos, pero no todos. “Hay mucha gente, gente más mayor, que aún tiene miedo de hablar, de contar lo que vieron, lo que pasó, aunque ya haya pasado todo el período de represalias”, explica.

Dignificar las tumbas El sufrimiento fue agónico para muchas familias aunque las décadas pasaran. Sin embargo creen que lo mejor para la zona no es sacar a los fusilados del que ha sido su lugar de descanso durante los últimos 74 años, de ahí sus intentos por arreglar la zona.

En una ocasión cuentan que construyeron un jardinillo en la fosa arrancado por los dueños. Otra vez, la vallaron para evitar que los animales la pisotearan, pero los propietarios volvieron a abrirlo enseguida.

Al final, la fosa se fue convirtiendo en un ente vivo. Parecía no importar lo ocurrido ni que allí hubiera gente. Los dueños de la finca querían que se sacaran los cadáveres para poder disponer del terreno libremente, pues era suyo, y los familiares no querían que se tocaran. Una tumba colectiva es para ellos el mejor homenaje posible, porque es la prueba de lo que pasó, de lo que pasaba entonces.

Ahora, ese objetivo se hará realidad porque el terreno es público. Los 18 habitantes de la fosa común de San Miguel serán reconocidos. Su tumba será señalada con una escultura y los familiares podrán limpiarla y adornarla con flores sin peligro, pero, sobre todo, se contará lo que ocurrió sin miedo a represalias.

http://www.lavozdeasturias.es/asturias/Paseos-alba_0_410358988.html

José Ramón Estévez muestra, junto a su padre, las fotos de su bisabuelo. A. Álvarez

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